Centenares de inmigrantes juran diariamente la Constitución para mejorar su vida, y se transforman en ciudadanos españoles para disfrutar de sus derechos y cumplir con sus deberes.
Hola, buenos días. Lea, por favor, el juramento en voz alta”. Luisa Brito, vestida con pantalones y cazadora vaquera, se inclina sobre el papel que le señala el juez y lee la frase escrita en letras grandes. “Prometo fidelidad a Su Majestad el Rey y obediencia a
Cien, doscientos inmigrantes al día cumplimentan el último trámite (después de dos años de papeleo) antes de obtener el DNI y el pasaporte, en los más de 400 registros civiles que hay en España. El de Madrid, con 24.000 nacionalidades gestionadas en 2006, es, probablemente, el más activo. Todos los días se forman largas colas de aspirantes a un estatus que les allana el camino para encontrar un trabajo mejor, salir y entrar del país y disfrutar de los mismos derechos que sus nuevos compatriotas. Poco cuentan aquí los sentimientos, la ligazón real con la nueva patria, y mucho, las razones prácticas.
Entre 2001 y 2006, alrededor de 180.000 inmigrantes obtuvieron el pasaporte, más de 64.500, sólo el año pasado, y las solicitudes se han disparado en 2007. La inmensa mayoría son latinoamericanos, o de países que, como Portugal, Filipinas, Guinea Ecuatorial y Andorra, se benefician de las mismas ventajas: no tener que renunciar a la nacionalidad de origen y poder acceder a la nuestra con sólo dos años de residencia en España, y no con los 10 años preceptivos. Ecuatorianos y colombianos llevan la delantera a los demás. “Nos parece discutible que se les exija sólo dos años de residencia”, se queja Gelu Vlasin, encargado de prensa de la federación que agrupa a los rumanos en España (Fedrom), aunque el pasaporte español es menos útil para quienes son ya ciudadanos de
Libertad de circulación. Eso es exactamente lo que busca Ana Milena Reto, ecuatoriana, en los 40, que llegó a España en 1999 y ahora jura también
La mayoría está con ella, a tenor de los atuendos que se ven. La corbata de Guerrero es una isla de formalidad en la sala. Una prenda incluso más exótica que el traje de Hilda Iza, ecuatoriana, de 38 años, india otavala, que viste falda de paño negra, ceñida con cinturón multicolor, blusa blanca con bordados y puntillas, y lleva el pelo negrísimo recogido en una coleta. Hilda jura fidelidad a España con voz casi inaudible. Luego lo harán su marido, Fabián, y Diego, el hijo mayor de la pareja, de 19 años. Fabián, que se instaló en España hace siete años, está feliz. “Al principio pensé que era más difícil conseguir la nacionalidad española, pero veo que si pones de tu parte, lo logras. Hay que tener fe y paciencia”. Él, por si acaso, contrató a una abogada para que le ayudara con los trámites. Ahora se siente casi otro hombre. “Es una novedad muy grande. Empiezo una nueva vida”.
No todos comparten este entusiasmo. Mercedes Factos, ecuatoriana, de 49 años, que recibió su pasaporte en mayo pasado, se siente más cómoda, pero no menos ecuatoriana. “Si hasta me sentí mal al jurar
En el Registro Civil de Madrid, la ceremonia ha concluido. Algunos nuevos españoles se hacen fotos, risueños, con la bandera al fondo. Ahora también es la suya.
SIMPLIFICACIÓN CONTRA
Hoy día, con algunos de los registros civiles colapsados, se piden los papeles imprescindibles.
Hay que acreditar, además de la propia identidad y estado civil, un trabajo fijo, un domicilio, carencia de antecedentes penales aquí y en su país de origen, conocimiento de la lengua (cualquiera de los idiomas españoles) y buena inserción en el país. Cuestión esta última no fácil de evaluar.
“Yo tuve dos entrevistas. Entregué todos los papeles que me pedían, y, la verdad, me fue todo fácil. Depende mucho del funcionario que te toque”, dice la ecuatoriana Mercedes Factos. Ella llegó en 2000, con su hijo de 13 años, y se colocó enseguida cuidando ancianos. “Hice trabajo solidario también, y eso me ha ayudado”. A nadie se le pide que conozca
(fuente:elpais)
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